RIZOMÁTICO | Un cuento para el Día de Muertos

 Por Vlad Cuevas

Un día mi padre me contó tres historias. En una, el final, narraba mi muerte, en otra, el final, relataba su muerte, en la última, el final, recitaba tu muerte. Y esa es la historia que te voy a contar.

 

Si tienes un espejo ahora, captura el reflejo, es la última visión que
tendrás de ti. Debo de decirte que solo es la fotografía de tu figura,
no es la esencia de tu ser, no es la esencia de nada. Mira con
cuidado y trata de recordar como luce tu mirada, tu barbilla, tu
lesiva pulcritud. Ahora que has terminado de imaginarlo, dime tú…
¿Aún sientes que estás vivo?

Un día mi padre me contó tres historias                                        Pequeños relatos

    Mi padre no era un santo de la devoción de un sistema inmaculado, era más bien la tortuosa historia barata del hombre martirizado, el que trabaja y come sin cesar para saldar su cansancio, el que atormenta a su mujer con desdenes sobre dineros y placeres. El que humilla a sus hijos sin un sentido más que el de la limpidez que le produce vivir en vano. Un día, de esos que le abreviaban la figura, me dijo, te contaré una historia…pero ahora, después de perecer y perecer, he conseguido tener la fuerza para poder contarle a alguien más aquel relato que en su momento terminó por determinar cuanto tiempo al día decidía quedarme sólo en una habitación. A ti, mi hostigado lector, que volteas atrás percibiendo el miedo del cansancio que recoge esta noche de transición, te maldigo si acaso deseas detenerte y no leer mi cuento…

Érase una vez un tiempo de espera, en una sala de espera, en un pasillo de espera, donde los segundos contaban como minutos y los minutos se habían vuelto horas bajo la resolana de un ambiente frío y desdeñoso. El nacimiento de un bebé sucedía en la única cama que el lugar poseía, esa pertenencia, ese mueble, parecía ser la única fortuna que ese sitio admitía. El dolor con lo ajeno se iba encontrando, mientras un niño moribundo controlaba la entrada de ese lugar y una persona mayor forjaba la esperanza de la desesperación con chasquidos de huesos. El desespero que produce la ansiedad de escapar de un obús certero era apenas un deseo. Así, el niño nacía, tú, lector, estabas ahí, con la expresión que cambiaba dentro de los segundos, como el desdén que producen los sueños malogrados y las miradas inquietas. Se supondría, tras varios chillidos, que la confusión llevaba un lastre con semejantes bramidos, ya que el viento sopla fuerte cuando el intercambio de almas sucede. Aún si,  estás ahí, conferido a la fe, a ese engaño moderno que ofrecen los perpetradores, y con solitud emancipada y avidez de ternura, piensas en correr sin destino a buscar la puerta de salida.

¡Lector, detente!

Que tendrás que caminar sin trastabillar, aclarar la mirada hacia al nuevo siervo que aparece ante tu mirada con una dulzura que solo el calor puede contener. Pareces sentirte tan pleno que cuando se disuelva en cenizal el seno, espero que no llores, ni confundas esto con una ilusión, mejor te invito a recitar el siguiente verso antes de que esta noche te encuentre naciendo de nuevo, matando todos tus sueños.

¡Repite después de mí!

 -Un día mi padre me contó tres historias. En una, el final, contaba tu muerte, en otra, el final, contaba su muerte, en la última, el final, contaba mi muerte…

Recuerdas te mencioné contaría tu muerte, no te sorprendas que te advertí con tiempo, a ella, la muerte, has presenciado mientras naces de nuevo en otro lugar, con otra gente, con otro pesar, y mientras apeteces a gustar vanidosamente en este mundo de amargos peregrinos, te advierto… Tú no estás aquí, nunca estuviste, nunca estarás.

@vladimircuevas