RIZOMÁTICO | Manos en el desierto

Por Vlad Cuevas

Pequeños relatos

Manos en el desierto

Había una vez un dios que gustaba de pensar y escribir en papel sus ideas, un día, aburrido, le pidió a sus súbditos hicieran llegar sus cartas a cada uno de los habitantes que vivían alejados de su reino, la única regla para todos era que tales pensamientos no podían ser leídos nunca en voz alta por nadie, quien así lo hiciera perdería su voz.

Aquellos súbditos, aparentemente al sentirse apreciados por la encomienda, partían de sus casas con el equipaje lleno de cartas, para cumplir el mandato destinaban todo su capital dejando atrás algunas de sus posesiones y tierras. Después de hacer llegar a miles los mensajes de su dios, regresaban al reino sólo para encontrarse de nuevo con él exigiéndoles regresarán de nuevo para llevar otras ideas más que en su ausencia había escrito, y así, pasaban años intercambiando bienes para poder mantener su travesía. Algunos morían en el camino, eran asaltados o echados a la miseria.

Una familia de estos emisarios, un padre y su hijo, se encontraban en uno de los tantos viajes que realizaban, hasta que un día el hijo rechazó continuar con el camino, para él, no tenía sentido seguir las órdenes de un dios que no se apiadaba de ellos o les procuraba acaso comida para el viaje. El hijo, que había acompañado por años a su padre, cuestionaba el sufrimiento al que estaban destinados por los designios arbitrarios de la misión encomendada, pero el padre le suplicaba permanecer obediente al “dios de los mil mensajes”.

El hijo, renegando de su infortunio, decidió que tomaría una de las cartas por entregar y retando a su padre le exigió parar la travesía, si no lo hacía, éste leería en voz alta el escrito. El padre, implorándole y sabiendo la consecuencia de ese acto, trató de parar la rebeldía de su hijo cortando sus manos y así no darle la oportunidad de tomar alguna de las cartas nuevamente.


-“No lo entiendes ahora, pero me lo agradecerás en el futuro”- exclamó el desesperado padre.


El hijo, herido por la resolución de su padre, desde ese momento no pronunció ni una sola palabra más. Después de un tiempo, el padre, desolado al no poder conversar con su hijo y hostigado por el remordimiento,  sacó dentro de la bolsa de cuero uno de los mensajes de su dios y frente a su hijo comenzó a leerlo en voz alta, al completar el padre la lectura, el hijo levantó su mirada al cielo y descansando en su nuca, exclamó…


-“Padre, tú la voz la habías perdido hace ya muchos años, lo que hoy has recuperado es tu libertad”.


Fin.-

@vladimircuevas