SOFISMAS DE OCASIÓN| Érase una vez un salvador que se convirtió en sepulturero.

Por Juan B. Ordorica (@juanordorica).-

Finales de 2011, una chamarra roja con el escudo del PRI del Estado de México sobresalía de entre la multitud. En la inauguración de la Feria Ganadera de ese año, me sorprendió ver el orgullo con el que un fotógrafo portaba esa prenda de un PRI lejano en distancia, pero íntimamente cercano en el corazón de los tricolores. Era el tiempo de una esperanza exacerbada ante un nuevo liderazgo.  Enrique Peña Nieto era visto por el priismo como la encarnación misma de un Moisés que lo sacaría del desierto tras doce años de peregrinar entre tumbos y carencias.

Así como aquella chamarra escarlata, decenas de políticos sinaloenses, a la menor provocación mostraban objetos, fotografías, selfies, retratos, playeras, etcétera. Cualquier cosa que los identificara con una cercanía real o ficticia con el adonis televiso que, a la postre, se convertiría en candidato a la Presidencia de la República y después en presidente de México.

Como un cuento de hadas, Enrique Peña Nieto llegó a Los Pinos acompañado de su princesa. Aquel caballero encantador abrió las puertas del poder a miles de priistas deseosos de regresar a mandar. No existía alguien que se les opusiera. El PRI soñaba con la instauración de un nuevo régimen que duraría décadas. Los priistas bailaban y cantaban al ritmo de su nuevo presidente. La felicidad era total, el triunfo absoluto y el país era de ellos.

Un sexenio después, aquellos saltimbanquis que llegaron tomados de la mano de la vacuidad de un gobierno de oropel cayeron en la tumba de la ignominia. Hoy, son pocos los que recuerdan aquellas bacanales de soberbia y postración.  Fueron felices mientras el torrente de la línea descendió sobre sus cabezas. Se entregaron por completo a las órdenes de su nuevo Rey-Dios e hipotecaron su destino.

Aquellos mismos políticos que vivieron en estado de gracia con Peña Nieto y su corte, hoy descansan en las tumbas que el mismo les construyó. El final del sexenio se acerca ya; para muchos, también el final del PRI. El sepulturero ya se va. Hizo corte de caja. Él cobró; otros pusieron la plata. Es muy temprano para ver la cantidad total de viudas, fantasmas, cadáveres y muertos que contribuyeron para el retiro dorado de su hermoso tlatoani. Pero, así como Peña dio, Peña quitó.

Muy seguramente aquella chamarra roja de hace seis años, hoy está guardada en un oscuro clóset. En el mismo lugar en miles de priistas guardan hoy la dignidad. El salvador no falló, él consiguió lo que quería: Fue una deidad tricolor con la militancia priista entregada a sus pies. El Dios- Rey ya tiene su tumba. Falta que sus amados súbditos se encierren junto a él y se conviertan en la tumba colectiva que juntos construyeron.

Juan B. Ordorica.

@juanordorica