Reformarse o Morir

Imagen tomada de Político MX

Por Rafael Ramírez Caro.-

La marea roja llegó más fuerte de lo que pudieran imaginarse, ningún cálculo político estimaba el avasallador triunfo de morena en todo el país, los resultados representan tanto para el Revolucionario Institucional como para Acción Nacional la peor votación en la historia del primero y una de las peores en la historia reciente del segundo instituto político.

La frivolidad, la arrogancia, la soberbia y la distancia entre las cúpulas y la militancia fueron el común denominador de la debacle interna de ambos partidos. Se ignoró a las militancias a favor de arreglos privados con otras fuerzas políticas, se privilegiaron las candidaturas a miembros de partidos aliados antes que a los cuadros propios.

El PAN se fracturó con la candidatura impuesta por sí mismo de Ricardo Anaya, su campaña fue estéril, insustancial y llena de contradicciones, propias de la quimera que se formó entre el PAN, PRD y MC. No pudo posicionar a su coalición “Por México al Frente” como una opción real de cambio, su discurso antisistema se difuminó al compás de las concesiones partidistas en los escaños plurinominales y el desgaste del conflicto con la Procuraduría General de la República, derivado del presunto escándalo de la venta de una nave industrial. Incluso, un día antes de los comicios, de forma abrupta e imprudente, expulsan a tres de sus mejores perfiles. El más lamentable entre ellos fue la expulsión de Eufrosina Cruz, líder indígena que había manifestado inicialmente su apoyo a la candidatura independiente de Margarita Zavala y por último a la de José Antonio Meade. No solo se fracturó la estructura interna de Acción Nacional, también se difuminó su carga ideológica. La mezquindad con la que se llevó acabo su proceso interno de selección del candidato presidencial borró la tradición democrática interna de este partido que, en algún momento, llegó a no postular candidato a la presidencia por no conciliar un acuerdo interno.

El PRI por su parte no supo – o no quiso – leer los mensajes entre líneas que se venían gestando desde la derrota de 2016, en aquella ocasión perdió 7 de las 12 gubernaturas en disputa, en esta ocasión y en resumidas cuentas, perdieron todo. El motivo fue el mismo: un claro y evidente voto de castigo contra el ejecutivo federal y un enorme hartazgo contra los excesos de los hoy prófugos y procesados exgobernadores (más los que faltan) de la tan “laureada”, en su momento, generación del “Nuevo PRI”; jóvenes políticos a los que la ciudadanía les otorgó un voto de confianza que resultó en el mayor desastre de corrupción y opacidad del presente siglo. El plan de optar por candidatos no afiliados no funcionó, la gente no creyó ni se convenció de la supuesta independencia de estos candidatos con el partido que los postuló. La marca estaba demasiado desgastada, la mancha de corrupción estaba sumamente impregnada en los colores del PRI y la gente lo manifestó en las urnas. Aunado a esto, las cúpulas de este instituto político hicieron caso omiso a los llamados de la militancia ante un presidente de partido desconectado de las bases, carente de carisma y con un discurso agresivo que resultaba incomodó para las mismas. La miopía de la dirigencia en la elección de los candidatos y el no reconocer y subsanar los errores cometidos desde 2016 los desconectó del ánimo social. La mítica estructura electoral se convirtió en simulación y los intereses ganados a través de los años emigraron, cual golondrinas, hacia mejores climas de fuerza política.

La ciudadanía eligió en una contienda ejemplar – salvo casos como Puebla y algunas zonas de Edomex – y le entregó un cheque en blanco, en gran parte, a una serie de desconocidos para ocupar curules en los congresos locales, la cámara de diputados y de senadores en aras de un cambio de personajes en la vida pública. Hartos de los mismos personajes que saltan de un lugar a otro, los electores prefirieron – de manera un tanto irresponsable – otorgarle al nuevo gobierno pocos o casi nulos contrapesos legislativos y pocos escaños a los partidos tradicionales, quienes tras la derrota del pasado domingo solo tienen dos caminos: reformarse o morir.

@RafaRamirezCaro