La Biblioteca Owen como apología a la destrucción de la cultura en Culiacán

Galería de arte, antes Biblioteca Gilberto Owen.

Por Jorge Iván Chavarín

Elafiche.mx/ Hay ciudades en el mundo en donde puedes hacer un tour por sus bibliotecas más emblemáticas, sin embargo, en Culiacán eso es algo imposible, más bien, se podría hacer un recorrido por aquellos espacios en los que en algún momento se guardaron libros, y que ahora se han convertido en: cafeterías, centros de juegos, áreas verdes o simplemente edificios abandonados, de cuyo acervo bibliográfico no queda rastro.

Una verdadera apología a la destrucción de la cultura, gritan los más radicales, Nuestra ciudad se está convirtiendo en una tierra de ignorantes, mencionó un estudiante de preparatoria que en su mochila tenía varios parches del Che. Y es que, por una u otra razón, a nuestra ciudad sólo le quedan algunas bibliotecas temáticas (y las universitarias), que no son espacios públicos.

Hubo un tiempo en que Culiacán tenía una biblioteca en el centro: La Gilberto Owen. Hoy esa imagen nos parece muy lejana, apenas un pequeño recuerdo sumergido y ahogado en los escombros de proyectos infraestructurales fallidos, presupuestos que no cuajaron y ciclos gubernamentales terminados que vieron en la conservación bibliográfica un gasto innecesario.

Si bien, estaba muy lejana a poder considerarse como completa, se podían encontrar muchos libros aceptables: principalmente obras clásicas y enciclopedias especializadas. Recuerdo haber leído  ahi La feria, de Arreola; El castillo, de Kafka; una compilación muy antigua de poetas franceses donde Charles Baudelaire era remplazado por Carlos Baudelaire; algunos cuentos y ensayos de la obra completa de Borges, mucho antes de que la editorial Lumen publicara las colecciones “P” y “C”.

Era un  espacio rudimentario de color blanco y verde, y a las seis de la tarde sacaba a todos los estudiantes de sus instalaciones. Porque, hay que decirlo, era muy concurrida. De alguna forma éramos felices ahí: era un modelo sencillo para una época más sencilla. Hay que juntarnos en la biblioteca del centro a las tres, se escuchaba en los pasillos de la Federal Dos cuando se nos ocurría cumplir con la tarea, pero la mayoría de las veces yo iba solo a leer y, posteriormente, al taller literario de Elmer Mendoza. Se podría decir que entre libros y actividades literarias se volvía un espacio completo.

Pues bien, seguramente a cualquier persona, la quema de libros en Alejandría le parecerá un acto siniestro: la destrucción de los antiguos recuerdos de la humanidad. Es una memoria infame. Que arda, gritó Julio Cesar al ver la bibliografía más grande del mundo antiguo incendiarse frente a sus ojos. ¿Pero qué pasó con Culiacán? Los libros de la Owen fueron puestos en cajas de cartón y se dejaron a la intemperie. Que el sol los queme y la lluvia los moje.

A partir de ahí quedaron, completamente a disposición de todo aquél que quisiera tomar uno. No es descabellado pensar que cada viejo lector de la Owen tiene entre sus estantes, guardado con mucho amor, aquel primer libro que hurtó, que independiente a su título, autor o editorial, se ha convertido en un símbolo de esa juventud rebelde, de esa versión pasada de nosotros mismos a la que ya no podemos volver: un recuerdo que es imposible deshacernos de él.

Finalmente, después de dos semanas de saqueos, la Owen, de dos pisos, se condensó en catorce cajas de cartón que fueron trasladadas por todo Culiacán: del ayuntamiento a la biblioteca Central de la UAS, haciendo una escala en el archivo histórico, para por fin ser confinadas en un cuarto húmedo del Casino de la Cultura. Y el edificio verde claro pasó de ser la biblioteca del centro a la galería de arte Antonio López Sainz.

En este punto podemos reflexionar sobre nuestra condición de ciudad lectora: Baez en su obra Historia universal de la destrucción de los libros nos habla de que durante la guerra de Irak en 2003, mientras la Biblioteca Nacional en Bagdad ardía, un grupo de investigadores se dio a la tarea de salvar todo el material que pudieran: desde revistas emitidas durante el imperio Otomano hasta manuscritos persas, logrando rescatar una parte importante de las memorias de Arabia. Entonces, ¿qué paralelismo podemos encontrar con nuestra ciudad, con nuestra poca necesidad de conservar un espacio de supervivencia cultural? ¿Acaso aquí la memoria no merece ser salvada?

Ante este panorama en el que no existe un espacio de lectura, Alan Sobrino, en conjunto con la Sociedad Botánica y Zoológica de Sinaloa, está levantando una Biblioteca dentro del Jardín Botánico, consciente de las necesidades culturales de la ciudad. Para lograrlo está recaudando dinero para hacer este proyecto realidad. La biblioteca será completamente pública. Esto quiere decir que con tu credencial podrás acceder de manera gratuita al Jardín Botánico y a la biblioteca en donde habrá libros de Botánica, Arte, Literatura, Arquitectura, entre otros.

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