RIZOMÁTICO | Ciudadanos sin voz

por Vlad Cuevas

 

 

 

La académica Azucena de la Concepción Ochoa Cervantes, entiende la Participación Infantil  como un derecho civil y político, que debe también entenderse como parte del proceso educativo, ya que si se concibe así sería entonces la escuela el espacio idóneo para llevarla a cabo. Además, sería en un estado de congruencia, es decir, si se pretender formar un ciudadano participativo y responsable de su medio ambiente y convivencia social, es la escuela un espacio en el que los niños, niñas y adolescentes, aprendan de manera sustancial tales valores.

Sin embargo, el derecho a participar de los estudiantes, en la educación básica, se traduce en la mayoría de los casos sólo como un derecho de participar para expresar un sentir, lo que al parecer reduce la concepción exclusivamente a la de emitir una opinión. No lo digo yo, lo dicen los especialistas, que han comprobado con investigación que a la hora de decidir el rumbo del centro escolar o durante la resolución de algún conflicto, existe una brecha gigante entre los actores escolares (adultos) y los estudiantes respecto del como y quienes toman las decisiones.

Ya que las escuelas públicas y seguramente en las privadas, en su mayoría siguen siendo de organización jerárquica, rígida y autoritaria, con profesores adheridos a currículos poco flexibles, instalaciones poco amigables, métodos de enseñanza precarios, con circunstancias de espacios y tiempos no sujetados a la realidad de los recursos humanos y económicos; pues es de esperarse que la convivencia entre estudiantes, profesores, personal administrativo y otros actores del espacio educativo sea meramente limitado a la coexistencia, por lo que sus interacciones de normas y valores no precisamente regulan un bien común: sino que generan en algunas ocasiones conflictos, ya que la voz de los estudiantes, es más bien utilizada para adornar eventos escolares y no para ser incluida, por ejemplo, en las normas de convivencia escolar. Si así fuera, eso implicaría entonces el respeto de normas que regulen las múltiples acciones y deseos humanos, de toda la comunidad y no solo de los adultos que presumen escogerlas por el bien de los niños.

Este sistema de organización específica, contiene un ambiente que supone el crecimiento intelectual y social del individuo, pero si depende de los mecanismos sociales que se han generado desde las dinámicas que los propios actores del contexto escolar imponen, dígase de autoridades escolares, profesores, personal administrativo y padres de familia, desechando o dejando en un lugar lejano la participación de los estudiantes, entonces,  estas relaciones interpersonales conviven dentro de un sentido regulado por la institucionalidad que se defiende a carta cabal.

Los especialistas nos dicen que es complicado que el niño y próximo ciudadano del mundo aprenda a valorar el trabajo cooperativo, las dinámicas de grupo, el trabajo en equipo, etcétera, si se siguen promoviendo en los centros escolares la aplicación de modelos autoritarios y no modelos democráticos e inclusivos. Si no se desarrollan metodologías para el aprendizaje que fomenten la colaboración entre iguales, la reflexión personal, la búsqueda de soluciones alternativas a los problemas, el diálogo, el contraste de pareceres y la relación interpersonal respetuosa, seguramente ellos comprenderán que el mundo es como se lo pintan y así cuando sean adultos repetirán el modelo.

Si se desea mejorar la convivencia en la escuela, y por ende prevenir la violencia , si se desea enseñar a los infantes a provocar ciudadanía, que la democracia sea comprendida de verdad, es necesaria la reflexión y la acción que conlleven aspectos que suelen ser ignorados como el sentir, reflexión, pensamiento y valor de los estudiantes en las escuelas.

Nos urge como sociedad trabajar al respecto, estamos formando ciudadanos sin voz, y ahí se escuchan repitiendo por las calles lo que les dicen otros que se tiene que decir…

           @vladimircuevas