Los cuentos reunidos de César López Cuadras, el vago insoportable

Por Mariel Iribe Zenil

 

Elafiche.mx/ Conocí a César López Cuadras cuando yo tenía 22 años. Asistí a un taller de cuento que impartió en la Facultad de Filosofía y Letras, y lo que al principio fue una relación maestro alumna se convirtió en una a mistad entrañable, aunque nunca dejé de verlo como a un maestro de esos a los que se les aprende tanto en el aula como en la calle. No fue de esas amistades que se van construyendo poco a poco, porque desde las idas al café al termino del taller, la amistad empezó a fluir de manera natural. Esos encuentros se extendieron a mi casa, siempre acompañado por Álvaro Rendón, mejor conocido como El feroz.

Pero de todas esas ocasiones en las que el humor de ambos era el combustible que hacía que todos nos reuniéramos, la ocasión que más recuerdo, fue aquella en la que nos vimos en Guadalajara para visitarlo, pero, sobre todo, con la encomienda de la Revista Tierra adentro de hacerle una entrevista.

En aquella ocasión, López Cuadras y yo caminamos por las calles del centro para ir a la librería del Fondo de Cultura Económica para buscar la entonces nueva edición de La novela inconclusa de Bernardino Casa Blanca,  pero como la encontramos cerrada terminamos en un bar, en donde, para su pesar, pidió, en tono de broma al mesero, una cerveza bien fría, dejando al descubierto su carácter sinaloense, pues a pesar de haber vivido más de treinta años en tierra tapatía, los paseos por la sierra de Surutato, la playa y los campos pesqueros de Sinaloa, marcaron su vida y su obra literaria.

Fue en aquél tiempo cuando leí La primera vez que vi a Kim Novak. Cuentos y relatos de Guasachi, La novela inconclusa de Bernardino Casa Blanca y, de manera un poco más apresurada, Cástulo Bojórquez, que habría de releer años más tarde, y ahora que me enfrento a este libro en el que se reúnen sus cuentos, no puedo hacer más que tener sentimientos encontrados que van de la risa a la nostalgia. Risa porque es imposible no encontrar el humor del César, del amigo López Cuadras, en el narrador de estos relatos de Guasachi, este lugar, esta construcción imaginaria, mezcla entre Guamúchil y Guasave, que, según el autor: “está al norte del trópico y al sur del desierto, en una planicie enorme entre el mar y las montañas, lejos de Dios y cerca del infierno, justo al lado de un expendio de cerveza”.

Y nostalgia porque su ausencia nos conmueve, nos lastima. Siempre es difícil cambiar, a la hora de hablar o de escrbir, el “es, por el era”. Pero ahora me reconfortan sus libros, su obra. Tal como lo menciona Eduardo Antonio Parra en el prólogo de este libro:  “Cuando el amigo ya no se halla entre nosotros, sus escritos son a la vez un atenuante de la pérdida, un repelente contra la tristeza y un recordatorio de los tiempos compartidos”.

César César López Cuadras era serrano de nacimiento y costeño por elección, no suya, pero sí de su madre, quien apenas con un año de edad lo llevó a vivir a Guamúchil, donde tiempo después conoció las aventuras del Barrio de la Iglesia y el Callejón 6, donde aprendió a robar el vino y las limosnas de las iglesias. Esto explica muy bien cómo el pueblo de su infancia influyó en las temáticas que abordaría años después en los cuentos de La primera vez que vi a Kim Novak, en donde la Iglesia, la religión, el pecado, el sexo, lo prohibido y el mundo de los burdeles, son la maquinaria que hecha a andar estas historias.

Aquella vez me lo explicó recordando entre risas las tropelías con las que hacía enojar al cura y al sacristán: “Fue en el Callejón 6 donde quedó mi infancia, a un costado de la iglesia del pueblo. Para mí es un recuerdo entrañable porque era el espacio donde nosotros nos desenvolvíamos a diario, le ayudábamos al cura en las misas, nos robábamos las limosnas y hacíamos travesuras”. ¿Te acuerdas de alguna broma?, le pregunté, a lo que me contestó: En aquel tiempo había una barrera entre el altar y los feligreses, se le llamaba oferto­rio, entonces cuando mis amigos se acercaban ahí a comulgar, les golpeaba la manzanita con el platillo que se pone bajo la barbilla; o le poníamos chile chilpitín al incensario y eso enchilaba los ojos de la gente. Nosotros nos reíamos mucho, los de los ojos enchila­ dos, no tanto”.

Sin lugar a dudas aquel callejón se convirtió en su matriz extendida, en un recuerdo recurrente que, aunado a la influencia religiosa de su madre y su abuela paterna, lo llevaron al primer acercamiento físico con su único delirio: la literatura.

En La primera vez que vi a Kim Novak, encontramos cuentos en donde estos temas de los que hablé tienen una carga muy fuerte, como es el caso de “El león que fue a misa de siete”, en donde, un león se aparece en plena misa, asustando a los asistentes, cómo lógicamente sucedería en una situación semejante, sin embargo, César le da una vuelta de tuerca a su relato para cambiar la focalización hacia el León y contarnos toda una vida de sufrimientos y decadencia, que termina por convertirlo en el cuento más triste de este libro, pero también, para mi gusto, en el mejor logrado.

Otro es el cuento que da nombre a este libro en el que un grupo de amigos se suben de manera clandestina a las “espinosas ramas de un guamúchil”, para poder ver las películas que daban en el cine y que por su contenido (algunas veces hasta clasificación D), estaban prohibidas para ellos. En  este texto, además de tratar estos temas que fueron siempre “Los temas”, de López cuadras (el sexo, lo prohibido, el pecado) está el manejo del humor y de esa burla al lenguaje elevado, el cual doma de alguna forma, llevándolo o mezclándolo con el lenguaje popular.  Aquí un ejemplo de la lucha con el deseo y del uso del lenguaje:

 

 

-Bueno, sí voy.

-¡Sale! Nos vemos en la estación, atrás del cine, antes de las ocho. ¡Culo de perro si te rajas!

Durante la tarde deambulé entre el miedo y el deseo. En las horas de espera, la serpiente y el cura desplegaron arduo forcejeo en mi mente nebulosa: “Dios os prohibió comer de todos los árboles que hay en el paraíso, eh” El otro: “podemos comer del fruto de los árboles que hay en el paraíso, pero Dios nos prohibió comer y hasta tentar la fruta del árbol que está en el centro del Paraíso, por temor de que muriéramos”. El satanás de secundaria arremetía de nuevo: “de ninguna manera, no moriréis, no os preocupéis por eso. Lo que pasa es que el ruco sabe que el día que comáis de su fruto se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal. Así que no os echéis para atrás”.

 

Respecto a este libro, César reconocío esta influencia, pues él le apostaba a hablar del ambiente cultural en el que le tocó vivir, quería dar cuenta de su gente y de su tiempo.

En Mar de Cortés nos encontramos con las anécdotas, con lo que “cuentan que sucedió”, los marineros de Topolobampo, la minería, la homosexualidad. Y la prostitución y el sexo siguen presentes. El libro abre con “El precio del abandono”, un cuento en donde el buque Doña Carmelita, cuyo capitán aparecía en sus historias “ya como un mujeriego empedernido, ya como un degenerado ante el cual había que andarse cuidando el culo a todas horas”, tiene que fondear en la vahía de Topolobampo, pues su cocinero estaba enfermo y necesitaban atención del indio Toribio, un curandero muy famoso por aquellos lugares. ¿De qué estaba enfermo Manuelito y por qué nunca se curaba? Bueno, pues como dice el autor “Era un mal de esos que el enfermo prefiere conservar en el anonimato para evitar ser víctima de escarnio”, y por eso el lector irá descubriendo poco a poco por qué enferma y por qué Manuelito recupera de pronto su andar ordinario.

Esto es lo que encontrarán en sus cuentos: un Guasachi con sus valles, montañas, historias narradas con humor,  picardía: Guasachi es un lugar en donde todos, hasta el cura del pueblo, o sobre todo el cura del pueblo, experimentan la represión, pero también la lujuria y el deseo.

López Cuadras era un escritor que escribía con un principio de independencia absoluta para decidir las temáticas que quería abordar y la manera de hacerlo. Y creo que todo escritor debería regirse bajo estos términos:

Siempre me decía: “No pienso en el mercado o en las posibilida­des de publicar, aunque después tenga hacerlo. El drama humano es lo que interesa”, insistía “y, en con­ secuencia, no sé por qué ha de ser más impor­tante (o más dramático, si cabe la redundancia) un drama neoyorquino que uno de Guasachi”.­