Daniel Salinas Basave: entre vientos, whiskeys y cartografías

Daniel Salinas / Cortesía.

Por Hernán Arturo Ruiz

 

Daniel Salinas Basave (Monterrey, 1974), está dejando huella en la literatura mexicana. Su obra ha sido reconocida con diferentes premios como el Certamen Internacional Sor Juana Inés de la Cruz con Bajo la luz de una estrella muerta, el Premio de Ensayo José Revueltas con El lobo en su hora, el Premio Gilberto Owen con Días de whisky malo, y además fue finalista del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez, organizado por la Secretaria de Cultura de Colombia.

A raíz de este último reconocimiento, el autor de Vientos de Santana (Literatura Random House, 2016) conversó con ElAfiche.mx sobre sus inicios en la literatura, sus manías, sus primeros textos y el destino que han tenido cada uno de ellos.

Los libros siempre estuvieron al alcance de Daniel. Su abuelo fue filósofo y su madre una ávida lectora: “Esa casa era en sí misma una biblioteca, pues había más de 33 mil libros ahí dentro, casi todos de filosofía. Había libros en las escaleras, en el antecomedor, en los pasillos. Cada pared era un librero. Después ese acervo fue donado a la UANL con la muerte de mi abuelo. Mi madre siempre ha leído mucho y me acercó a su mundo siendo niño. Esos dos factores me marcaron de por vida”, comentó.

Así que, mientras otros niños construían sus mundos imaginarios, dibujando o haciendo figuras con plastilina, Daniel lo hizo con palabras. En la década de los noventa empezó a asistir a talleres literarios en donde convivió con otros jóvenes escritores. Además, empezó a publicar sus textos, prácticamente en dónde se podía. Pero entonces apareció el periodismo que lo mantuvo, durante muchos años, alejado de la literatura, sin embargo, cuando regresó lo hizo con hambre de ficción y dispuesto a recuperar el tiempo perdido.

El periodismo como escuela

Daniel fue reportero durante 15 años. Mientras los escritores de su generación publicaban en Tierra Adentro, ganaban su primera beca de Jóvenes Creadores o su primer premio literario, él cubría la zona cero en Nueva York, o reporteaba sin tregua el acontecer político y caótico de Tijuana.

Quizá el periodismo lo privó de ser un autor joven, pero piensa que fue una de las mejores cosas que le pudieron haber pasado para la escritura de su futura obra: “Haber reportado década y media fue la mejor escuela para aprender a contar historias. Ningún doctorado en letras y ningún laboratorio de escritura creativa me habría enseñado lo que aprendí en la reporteada. En Vientos de Santa Ana y Dispárenme como a Blancornelas, los personajes son reporteros fronterizos enfrentando situaciones que viví. Hay quien me ha dicho que si no sé de otra y, bueno, década y media de patear la calle influye y mucho, pero tampoco significa que toda mi narrativa se limite a eso. Ahí está Días de whisky malo donde ni uno de los seis cuentos trata sobre periodistas”, afirmó.

El proceso creativo: las manías, sufrimientos, felicidades y la inspiración

Daniel es un autor que cree en la inspiración pero también en el trabajo duro, de concentración, de tolerancia y en muchas ocasiones a lo externo, por lo menos así ha logrado sostenerse los últimos cuatro años: “Quedarse esperando el arribo de las hadas de la inspiración o los demonios del poeta maldito es propio de huevones, de conformistas atenidos a la ley del mínimo esfuerzo”, dijo y agregó que para su proceso creativo le gusta escribir con café por la mañana y leer con whisky por la noche y que llevar una libreta a todos lados es indispensable,  ” Cuando no estoy frente a la computadora suelo llevar un cuaderno conmigo para escribir palabras e ideas que voy cazando al vuelo y que después pueden volverse hilos narrativos de los cuales tirar”.

Los talleres literarios y el papel que juega el cuento en la literatura actual

Al igual que casi todos los escritores mexicanos actuales, Daniel asistió a talleres literarios en algún momento de su vida. Hubo algunos, como el del Rafael Ramírez Heredia en Monterrey en donde obtuvo grandes enseñanzas, pues de acuerdo a sus palabras: “…me enseñó (Ramírez Herdia), sobre todo, a aguantar trancazos, a tener la humildad para aceptar los mil y un errores e inocentadas de un texto y me di cuenta que tachar, corregir y borrar es una labor ardua e imprescindible y me enseñó que criticar o alabar un texto es algo independiente de la amistad, las simpatías o los rencores”.

Sin embargo, acepta que  se han convertido en el gran negocio de los escritores, quienes en muchos casos no tienen como objetivo vender libros sino vender talleres literarios y que antes de enseñar a escribir, lo más importante debería ser empezar formando lectores: “A mí muy a menudo los jóvenes me piden consejos para escribir o publicar. Les digo que hay tres leyes de oro. La primera es leer, la segunda leer y la tercera es volver a leer. Leer es lo fundamental y también caminar, observar el  entorno, perderse en la propia ciudad”, manifestó.

Por otra parte, en cuanto al papel que juega el cuento en la literatura mexicana actual, mencionó que México ha sido, históricamente, un país de cuentistas. Como ejemplo mencionó a Rulfo, a Arreola, a José Revueltas, Daniel Sada, Jesús Gardea, Ignacio Padilla, Guillermo Samperio y a Amparo Dávila. Después agregó que el problema es de las editoriales que “imponen a chaleco” la tiranía de la novela.

“Creo que la gran mayoría de los narradores mexicanos de mi generación que están destacando tienen al menos un libro de relatos. Ahí está Antonio Ortuño, Julián Herbert, Emiliano Monge o Carlos Velásquez, que publicaron libro de cuentos este año.   El problema es que siempre se lee como algo complementario o accesorio. Lo que consagra es la novela y eso es un error, un prejuicio estúpido. A la mayoría les publican el libro de cuentos sólo hasta que ya demostraron que la pueden hacer en novela”, agregó.

 La aventura colombiana

 Su libro de cuentos Días de whiskey malo (UANL), además de ser reconocido con el premio Nacional de Cuento Gilberto Owen, fue finalista en el Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez. A raíz de esto fue publicado recientemente en la editorial TusQuets (Grupo Planeta Colombia).

Respecto a esta experiencia, el autor comentó lo siguiente:

“ Llegó a Bogotá (el libro) en la agonía del día final. Hizo falta muy poco para que el libro jamás llegara a su destino. Una semana después lo vi en la lista de los formalmente inscritos, pero cuando vi a mis competidores y sus editoriales, me quedó claro que mi whisky había ido de paseo. Me imaginé a mí mismo como juez frente al cerro de libros, predispuesto a la calidad de los Anagrama que evaluaría con total deleite y atención y desconfiado frente a un extraño libro morado con un dinosaurito naranja en el centro de la portada. Los estereotipos existen y son ideales para aminorar la carga laboral de un jurado. Si un autor venció todos los filtros para llenarle el ojo a Anagrama es porque tiene algo muy bueno para ofrecer. En cambio, si un autor fue publicado por una universidad, es porque de plano nadie más lo quiso y habrá que regalarle, si bien le va, diez o cinco minutos de lectura con la tranquilidad de conciencia de no estarse perdiendo de nada”.

Agregó que ese era el destino de su libro, pero alguna anomalía del Universo lo colocó entre los trece semifinalistas y no entró en los 78 eliminados donde parecía tener su lugar reservado. Entre los trece estaba la colombiana Laura Restrepo, el boliviano Edmundo Paz Soldán, la española Sara Mesa, la argentina Mariana Enríquez, la uruguaya Fernanda Trías. “Ahora han quedado fuera y me cuesta muchísimo trabajo creerlo”.

El 5 de octubre Daniel asistió al teatro Colón en Bogotá junto a los otros cuatro finalistas, ahí, el premio fue concedido a Alejandro Morellón (España, 1985) con el libro El estado natural de las cosas. Sin embargo, la experiencia de viajar a Colombia, de lograr lo que él mismo se había decretado como imposible le ha servido para reforzar esa certeza de que el camino que eligió, si bien no es el más sencillo, es el correcto. Como reconocimiento a los finalistas, el Premio Hispanoamericano entregó dos mil dólares a cada uno de ellos además de la circulación de sus libros por las 1,445 bibliotecas públicas del país.

Daniel Salinas Basave es un escritor con un pulso narrativo concreto y una sencillez envidiable. Envuelto entre vientos, whiskeys y cartografías, sigue comprometido con el oficio de escritor, pero  sobre todo, con el de lector.