Los ríos errantes: la novela que le hacía falta a la literatura del norte.

Mariel Iribe Zenil

Conocí a Miguel Tapia hace 15 años. Nuestros encuentros han sido constantes entre las idas al café, las religiosas reuniones de la revista Textos o en los ensayos maratónicos de 24 horas ante la idea repentina de formar una banda para tocar en uno de los eventos más importantes del año: la cena de navidad.

Por aquellos días me dijo (textualmente): “El haber pasado la infancia, y la adolescencia en Culiacán, naturalmente me marcó, y los lugares y las historias (de el libro de cuentos Los Caimanes) se desarrollan en lugares de Sinaloa. No sé en donde están, pero por ahí deben de andar en los límites de algún poblado”.

(No crean que tengo tan buena memoria, tengo el comentario intacto porque por aquellos días también le hice una entrevista que publiqué en un suplemento cultural).Y es que esa marca del origen es inevitable e indeleble, pues lo mismo sucede con Los ríos errantes (Ediciones Era, 2017), novela que hoy nos tiene aquí reunidos.

Miguel, lo conozco como amigo, como músico, como guía turístico por las calles de París, como escritor, y sé que es demasiado sencillo, demasiado modesto, pero a la hora de escribir cobra una fuerza inesperada, se transforma.

Los ríos errantes es, desde mi punto de vista, una novela que se abrirá paso, como lo hace siempre la buena literatura. Sencillamente, no hay una novela como esta en la literatura Sinaloense, una novela que va más allá de la violencia que a diario nos oprime, para explorar la personalidad y todos los recovecos de los personajes: El Caliche, el Chuy, Conchita, Camilo, Tania y el Tona.

El Tona, protagonista de esta historia que se desarrolla en alguna parte de Sinaloa, ciudad rodeada por “la extensión del valle, franco, y simple, geométrico contra la bruma del horizonte”, es un personaje complejo, pero a la vez entrañable. Que sufre, como cualquier adolescente, la incertidumbre del futuro, su relación con las mujeres, que se mete en líos, que se cuestiona sobre la ciudad y todo lo que lo rodea, con algunos destellos de humor y desde su muy peculiar y auténtica forma de ver el mundo:

Pero en el camino el Caliche se puso insoportable, siguió escupiendo insultos y provocaciones hasta que, desquiciado por la mezcla de estupidez y calor extremos, estallé. No hubo mediación. Detuve el carro. Me bajé, se bajó. Nos tramamos a chingazos frente a la cuchufleta. Pegaba duro, el Caliche. Me puso dos o tres que casi me tumban, pero aguanté. Le di uno en la oreja, otro en la nariz. Retrocedió un poco y entonces me di cuenta de que teníamos público. Desde las ventanas de un camión urbano la raza nos gritaba, nos chiflaba; algunos peatones se habían instalado bajo la sombra de un árbol. Nuestro circo había llamado la atención. Dos agentes de tránsito aparecieron de no sé dónde e intervinieron, provocando la rechifla de los espectadores.

En la literatura latinoamericana hay personajes que llegaron para quedarse. Tenemos a La Maga, a Aureliano Buendía, a Artemio Cruz, a Filisberto García. ¿Y qué es lo que estos personajes literarios tienen en común? ¿Qué es lo que los vuelve tan importantes? ¿Qué es lo que hace que crucen la frontera del papel para volverse parte de las referencias, de las conversaciones? Desde mi punto de vista, que son personajes hechos, no solo se palabras, sino de carne y hueso: que sufren, se complican, que se revuelcan de felicidad o de dolor. Que están siempre en el límite. Y el Tona, no sé si se convierta en uno de estos, quizá sea muy aventurado decirlo, pero, y no exagero, yo no he podido quitármelo de la cabeza.

Resulta que tenemos en estas páginas las historias, las ocurrencias, los miedos, de un personaje que entre más se avanza en la lectura, más entrañable e indestructible se vuelve.

Debo decir también que no es una novela fácil, que a pesar de que su vocabulario es sencillo y muy “Culichi”, de pronto nos envuelve en un ir y venir de tiempos que nos mantiene alerta y que le da a la novela, en lugar de volverla lenta, una agilidad que hace que vaya a la par con las diversas aventuras del personaje.

Sin duda, estamos hablando de un libro al que se le nota el trabajo, el oficio. Una novela que nos ayuda recordar que vale la pena mantener la calma y dejar que los libros se cocinen a su propio tiempo. Un tiempo personal, de trabajo constante, de disciplina, que va más allá de las exigencias editoriales que siempre dan como resultado una especie Fastfood, de una masa acartonada difícil de masticar, que te dejan, sin duda, un amargo sabor de boca.

En este caso encontramos todo lo contrario: una construcción de personajes, tiempo, voces narrativas y trama que convergen de una manera natural. Y eso, sin lugar a dudas, se agradece. Es imposible no hablar bien de lo que de lo que uno aquí lee, porque como siempre digo en conversaciones y talleres: “el texto debe defenderse solo”. Y en este caso, no solo se defiende, sino que te atrapa.

Aunado a esto, hay que destacar la mirada. Los ríos errantes es una novela hecha a base de nostalgia.  (O díganme que en el frío hiriente de París no se extraña, por lo menos de vez en cuando, un aguachile y una cerveza bien helada frente al mar de Cortés bajo una palmera en Altata).

Pues bien, el lente desde el que se ve no solo es desde el tiempo, sino también desde la distancia. Encontramos una ciudad violenta como telón de fondo, los días que se suceden los unos a los otros entre el calor insoportable, el pavimento ardiente y las cervezas a punto de escarcha, listas para mitigarlo. Las largas conversaciones con los viejos amigos del barrio, el chapoteo del río como lugar de calma, pero también como un referente ineludible de la muerte. Los primeros amigos y las primeras mujeres. Y desde esa distancia temporal y geográfica se reconstruye toda una época con todos los matices que eso implica.

Los ríos errantes es una novela que hacía falta en la literatura escrita por sinaloenses, pero que traspasa las fronteras, porque tiene todo de universal, porque al leerla uno no puede evitar sentirse identificado. Porque al leerla uno tiene que detenerse, cerrar unos minutos el libro, como se hace con la buena literatura, para involucrarse con la historia, con los personajes, con el espacio y con la época, desde sus propias circunstancias.