Las violencias contra Dayana

Por Iliana del Rocío

Elafiche.mx/ Cuando nos enfrentamos a hechos de terrible violencia, como los feminicidios en contra de Dayana, Zulema, Jazmín, Jovana, Perla (y muchas otras chicas que deben ser nombradas), en nuestro coraje y frustración tratamos de encontrar causas para la inexplicable maldad. Desde un montón conjeturas, y después de dar vueltas con los detalles conocidos y los testimonios, la opinión pública llega cansada a un lugar común: el asesino estaba loco, se trataba de un enfermo; esta conclusión la declaran los medios y a veces así lo dicen las autoridades. Como señala Wieviorka, el problema con las explicaciones psicológicas del comportamiento de estos sujetos violentos es que tienden a invisibilizar las razones políticas, sociales, culturales e históricas, y se obvian los significados de los fenómenos que nos aterran, y de los que todos somos parte. Olvidamos que los asesinatos de estas niñas no ocurrieron en el limbo; no son sólo hechos aislados perpetrados por enfermos, sino que también son parte de situaciones que se repiten constantemente en una sociedad donde las mujeres, los jóvenes, y otros grupos históricamente sobajados, son las principales víctimas.

Esta tarde, como gran parte de los sinaloenses, me siento en luto. El asesinato de Dayana, y la ineficacia de las autoridades para protegerla, me llena de indignación. Desde esta tristeza he imaginado la vida de la pequeña en San Pedro, una localidad de 4 mil habitantes donde las policías, en sus diferentes niveles, no pudieron encontrarla. Mis conjeturas no han estado con el posible asesino, ni con sus motivos, mucho menos en lo que pudo haber pasado después de su secuestro. Más bien medito sobre las condiciones en las que crecía una niña de seis años que vivía en pobreza en uno de los municipios más inseguros de Sinaloa.

He pensado en esa mañana en que la raptaron, me he preguntado por qué no fue al Kinder. Quizás su mamá no pudo enviarla en la tristeza de haber enterrado apenas días antes a su primer esposo, padre de Dayana, a quien había “levantado” un grupo armado. Tal vez tenía miedo, o quizás sólo no pudo estar lista a tiempo; se abrumó entre las tareas para atender al que ahora es su esposo, al bebé de 2 meses, cuidar de su mamá enferma y salir a trabajar al campo para ganar 100 pesos al día.

Dayana, como muchos niños de madres trabajadoras, crecía al cuidado de los abuelos; y esa mañana con permiso o sin el, salió a la tienda porque ya conocía el camino. Es posible que se sintieran confiados, porque en esas comunidades los vecinos se conocen. Es posible que en su camino la niña pensara en la buena suerte de encontrar 5 pesos, en el sabor del “boli” que compraría,  y lo afortunada que era por no ir a la escuela mientras el resto de los niños cumplía con deberes.

Me he preguntado cuál sería el futuro de la niña, y si hubiera sido capaz de superar el destino de gran parte las chicas que crecen en pobreza en los pueblos de Navolato. A lo mejor hubiera estudiado en la preparatoria, posiblemente no hubiera podido viajar a Culiacán para estudiar la universidad, o quizás sí, y habría roto la cadena familiar, al no embarazarse y casarse a los 16, como lo hizo su madre.

Al final, después de correr con la imaginación, respiro y leo de nuevo los hechos en la nota de medios: los hechos, el asesinato está ahí. El culpable pagará o no, y en el campo, en las pequeñas localidades, las Dayanas de todos los días crecerán… o no lo harán.