CIEN DE CINE| El color de la granada (Sayat Nova, 1968).

Por Diego Morales.

Pareciera haber solo tres grandes personajes en El color de la granada (Sayat Nova): el silencio, el kamancheh e islas de voces, repentinas y fugaces, como oídas a través del agua; también, una sola atmósfera a sus espaldas, en permanente asedio oculto, latente, similar a una sospecha nunca develada: un erotismo sereno, frugal; una ascesis humana, un Evangelio de la Carne.

Pieza expresionista por sus contrastes gestuales, cromáticos y conceptuales, es, al mismo tiempo, simbolista, por la urdimbre signica con que desarrolla el argumento visual. Pero, así como una alfombra armenia no es creada de un solo ovillo, entre los hilos constitutivos de esta obra hallamos elementos del teatro Kabuki, en la ralentización de la acción dramática, reducida a su estructura básica, esencial.

Y eso hace el director Sergei Paradjanov con su héroe. Armenia, cuna del Ararat, tiene por leyenda que, al secarse el diluvio, dios sembró en las faldas de la montaña sagrada las primeras vides, para gracia y disfrute de los hombres. Paradjanov toma la vida de Sayat –su cuerpo, y extrae lentamente su poesía –su espíritu, como hagiografía secular de un ser que se confiesa: “Soy el hombre cuya vida y alma son tortura”.

Un amor; reino de la luz que el tiempo ciega: burla de la historia… El color de la granada. Ante esta joya del arte, ante este poema de visión, se antoja decir: “Padre, la conversión ha sido realizada. Para escarnio suyo y deleite de los otros…, el milagro te pertenece”.

Buscábamos un lugar de refugio para nuestro amor,

mas en su lugar el camino nos condujo a la tierra de los muertos.

Basada en la vida del músico-poeta armenio Sayat Nova (¿?-1795), El color de la granada fragmenta en abalorios concentrados el viaje de una vida; no existe en la obra secuencia convencional, tan sólo yuxtaposición de ‘momentos’, de pequeñas unidades de sentido,  cuyo espesor metafísico y dramático, sigilosamente dramático, recuerdan los meditados trazos del gran arte del icono. Pareciera que nuestro ashik* es captado, asido aquí y allá en las paradas de su intenso vagar –sólo en ellas, para con esas instantáneas confesar su mundo: el íntimo y el compartido.

El mundo es como una ventana abierta…

y estoy cansado de cruzarla.

Qué fácil sería aquí hacer reseña del feroz maltrato que sufrió el director bajo el rancio poder soviético –todos lo hacen: en relación a esta obra en concreto, en lo tocante a Paradjanov a partir de Sombras de los ancestros olvidados (o Corceles de fuego, 1964) o, en fin, referido a X persona, actividad o evento lejano y ajeno que pueda por un momento aliviarles la conciencia de un plumazo, gracias al manido guion nunca más conveniente por jamás probado: “Yo haría lo mismo; también me habría opuesto…”, por no realizar la ardua y constante pugna moral en el fuero interno: quizás hubieran sido porteros en la Lubianka, prisioneros delatores en Auschwitz, así como hoy los gloriosos muchachos israelíes en servicio militar se encargan de garrotear a palestinos, o como amplios sectores de la sociedad estadounidense vuelven a machacar a afroamericanos…  Por lo que no, no haré tal cosa. Que otros confundan su conciencia con la gripe…Tres días y listo.

El color de la granada. El zumo rojo se vierte en el cendal blanco, y duele. Toda decisión destruye algo, y has de decidir. Nada queda impune; el tiempo golpea a sus criaturas. (Y lo bello sufre más).

 

Película en youtube.com

 

Diego Morales

mascullo@hotmail.com