ALÉTHEIA | Basta con los sueños de la metafísica.

Sobre de la revolución de Kant en la filosofía.

Por Yamir de Jesús Valdez A.

Como el cambio Gregor Samsa en insecto en La Metamorfosis de Kafka, durante la historia, ha habido momentos de cambio y ruptura en las distintas tradiciones, las ciencias, tecnología, derechos, la literatura y las artes, cambios donde en ocasiones, no hay puntos en común con el pasado.

En la filosofía no hay momentos que indiquen claramente un antes y un después, no hay, por ejemplo, en la ciencia, puntos de no retorno. Todo está siempre cuestionado. De lo contrario, no leeríamos los textos de Platón hoy. Esto no significa que, en la historia del pensamiento, no se hayan hecho giros reales. Entre ellos está la Revolución copernicana de Immanuel Kant, debido a su brillo y su grandeza.

Ser vencido es la perspectiva del conocimiento humano. Pero no sólo. Fue el propio Kant quien se refirió explícitamente a Copérnico en el prefacio de su obra más famosa, La Crítica de la Razón Pura, publicada en 1781. No es el tiempo entero mirando alrededor del observador; Más bien, en la nueva visión de Copérnico, el observador gira alrededor de las estrellas. Así como la Tierra gira alrededor del Sol. Un cambio similar se introduce, según Kant, también en filosofía. No es el mundo girar alrededor del hombre que lo contempla inmóvil para encontrar su orden secreto. Por el contrario, es el hombre que, con su autoría, forma el mundo.

El hombre adquiere, con la Revolución Copernicana de Kant, una importancia que nunca tuvo antes. Al parecer, descentralizado, sin embargo, es el tema de tener un papel activo para moverse por el mundo de los objetos, conocerlos, formarlos o, como diría Kant, “esquematizarlos”. Nuestras facultades, nuestro sentido y nuestro intelecto, no son neutrales, pasan por patrones, dejando una impresión en los objetos. Es ilógico de nuevo: el orden del mundo alrededor del cual nos volvemos es inaccesible para nosotros, ya que nunca llegaremos a conocer el objeto “en sí” en su íntima esencia.

Kant se desprende de una larga tradición que, a partir de Platón, había considerado la tarea de la filosofía de poner de manifiesto el en-sí de los objetos, su idea, su forma precoz. Nada impide esta esencia de objetos, admite Kant. Pero lo que los objetos que conocemos es la forma en que se manifiestan, en la que no están en sí mismos, sino para nosotros. Sólo conocemos los fenómenos, nunca los objetos en sí mismos. No somos pasivos y organizamos activamente todo lo que conocemos por las formas de nuestra percepción y nuestro entendimiento. La realidad ya está articulada por nuestra condición subjetiva, por nuestros patrones espacio-temporales. En cierto sentido, es como si, cuando supiéramos la realidad, la empujáramos a hablar nuestro idioma.

Impostores y dogmáticos, difamatorios y visionarios, arquitectos de mundos volados en el aire, para Kant todos aquellos que contrabandean su conocimiento de los fenómenos para la verdadera esencia de la realidad. Basta, por lo tanto, con los sueños de la metafísica, que buscaban desvelar el orden universal. Después de Kant, el sujeto renuncia al conocimiento que supera sus posibilidades de organizar su propio mundo de acuerdo con estándares éticos y políticos autónomos que pueden aspirar a una universalidad humana.

Gracias por pasar.