De la calle | Los Rafa Márquez de cada día

Violencia en las calles de la ciudad

Por Iliana del Rocío

El año pasado entrevisté a Tomas. Él tiene la concesión de un expendio de cervezas en una colonia en el sur de Culiacán. A la orilla de la calle contaba cómo la violencia afecta al comercio de la zona, quejándose de los que “andan mal”, porque con sus balaceras provocaron que casi todos los negocios de los alrededores optaran por cerrar.

No obstante, en la misma charla, el administrador, que se reconocía como parte de los que “andan bien”, confesó sentirse seguro y a salvo de los asaltantes en ese lugar, ya que su primo era “pesado” y todos por ahí lo respetaban. “Todos saben que es mi primo, nadie se mete conmigo. Él me apoya. Le llamo y viene”, aseguró.

Pareciera que quejarnos de la violencia que provoca el crimen y señalar a los que “andan mal” como únicos y absolutos culpables  nos provoca cierto alivio social. Lo cierto es que, en Sinaloa, y cada vez más en todo México, las complicidades, involucramientos y solidaridades con el crimen organizado desde una diversidad de sectores, aún los que creemos más inocentes, son complejos, y nos cuesta reconocerlo.

En ese mismo sentimiento de negación, los señalamientos de la Oficina del Tesoro de los Estados Unidos en contra de Rafael Márquez, han causado un gran escándalo en los medios esta semana. En redes sociales, por ejemplo, “Rafa Márquez” a un día del anuncio, había obtenido 51,5 k de Tweets; algunos usuarios escribían indignados, otros en burla, pero la gran mayoría comentaba con asombro y preocupación.

Se mencionaba con pesar la posibilidad de que un personaje que representa a los deportistas, y que ha sido un ejemplo para los jóvenes, se vea involucrado en el narco. “Se caen nuestras figuras de respeto”, escribió uno de los usuarios.

Los lamentos y la decepción por las acusaciones contra Márquez, aunque entendibles, reflejan que seguimos concibiendo a la violencia como un asunto de buenos y malos, y no desde una compleja configuración de redes de las que muchos forman parte, por supuesto, con diferentes grados de responsabilidad, poder y ventajas. No podemos concebir que alguien “respetable” sea acusado de jugar en la cancha de los malos.

Nos sorprende que un futbolista y un cantante sean señalados por tener vínculos con el narco –aunque no que los policías no pasen los exámenes de confianza- porque seguimos pensando que el problema es un fenómeno externo que nos afecta como sociedad y no como una construcción de nuestras propias acciones.

Los culpables y los involucrados en esta industria tienen nombres y apellidos,  es cierto, y son exgobernadores, diputados, artistas, criminales conocidos –y no conocidos– sicarios, y empresarios exitosos, pero también son nuestros vecinos, nuestras autoridades electas, los compadres, quienes nos atienden en el banco y a quienes compramos dólares. Es el primo de Tomás que “anda mal”, Tomás mismo, y es el amigo leal de la infancia.

Por lo tanto, es la banalidad del mal: está con nosotros, lo construimos y lo permitimos. Mientras no reconozcamos esta situación nos seguirán asombrando los Rafasmarquez y seguiremos pagando los costos de una guerra entre buenos y villanos, donde los jóvenes, principalmente, son carne de cañón.