RIZOMÁTICO| El viajero que nunca supo lo que quería

© Dibujo: Miguel Porres

Por Vlad Cuevas

 

“Las personas viajan a destinos distantes para observar, fascinadas, el tipo de gente que ignoran cuando están en casa”. – Dagobert D. Runes

Cuántas veces hemos escuchado expresiones tales como: el que no viaja no conoce el mundo, el que no viaja no aprende, el que no viaja no puede saber realmente lo que quiere… aquellos que se arropan bajo la gloria de haber visitado países exóticos o haber tenido experiencias extremas en montañas o selvas peligrosas, suelen retomar sus aprendizajes como referencias universales buscando aplicarlas a su regreso a casa, en todas las situaciones. Están los que se sienten japoneses disciplinados o moderados monjes del Tíbet, los que se convirtieron en musulmanes fustigadores, europeos de mente abierta o liberadores de elefantes en Tailandia. Viajar siempre será algo positivo, permanece en nuestra naturaleza humana, pero su valor no se encuentra en la cantidad de fotografías en Instagram.

La vida es movimiento y viajar por el mundo en ciertas etapas de nuestra existencia es determinante para la madurez de nuestra consciencia. Seguir viajando después de haber definido nuestra personalidad es siempre una inyección de adrenalina y una recarga emocional que nos ayuda a estabilizar nuestra propia naturaleza humana. Pero existen aquellos que por más que viajan y viajan, su cultura social solo se acorta más, por lo tanto, nunca les llega el mensaje divino que supuestamente buscan al salir del hogar. Este tipo de viajero convierte sus aprendizajes en una necesidad inherente a su búsqueda de razón existencial. Presentan síntomas como: depreciación de su entorno laboral, social, familiar y afectivo o incluso cultural.

Los que considero sufren de tales efectos, son aquellos que no pueden convivir en sus relaciones regulares sin criticar su entorno inmediato o dejar de exaltar los lugares y culturas con las que tuvieron contacto en sus últimos éxodos. No porque esos lugares y personas sean o no seductoras, sino que su atractivo se originó desde el contacto eventual al que se expuso el viajero. Que lo nuevo atraiga no es algo difícil de explicar. La neurociencia revela que nuestro cerebro está diseñado para prestar más atención a los nuevos estímulos a diferencia de los que ya le son familiares, lo que muchos psicólogos podrían considerar sobre la atracción de lo nuevo y el desprecio a lo cotidiano. En términos de aprendizaje, nuestro cerebro “aprende” más de los estímulos y situaciones nuevas que de las cotidianas, por lo tanto, suele entonces atraernos lo nuevo y lo desconocido en comparación con lo familiar.

Ahora bien, la cuestión de la valoración es una consecuencia de los aquí sugeridos síntomas. Especialistas en comportamiento humano han realizado varios estudios para analizar estas conductas, entre ellos, Michael I. Norton, Jeana H. Frost y Dan Ariely. Ellos publicaron en 2007 su investigación “Less Is More: The Lure of Ambiguity, or Why Familia Breeds Contempt” (“Más es menos: El atractivo de la ambigüedad, o porque lo familiar conduce al desprecio”).  Como parte de sus experimentos, llevaron a cabo una prueba por medio de una serie de preguntas y consideraciones, en esta cuestionaron a un grupo de personas a las que se les proporcionó una lista de rasgos sobre otras personas y se les preguntó cuánto les valoraban. Los resultados fueron: a mayor información, menos atracción.

Asimismo, la ambigüedad y el misterio que provoca viajar y conocer lugares distintos y personas distintas, es lo que nos ayuda a interpretar lo que este estudio demostró; en la gran mayoría de ocasiones cuanto menos sabemos sobre algo o alguien, más estamos predispuestos a que nos atraiga. La ambigüedad en la percepción provoca que nos imaginemos que “esa otra gente” o “ese otro sitio” comparten nuestra forma de entender el mundo, nuestros puntos de vista, nuestra personalidad o nuestro sentido del humor.

El que viaja o finaliza su viaje, se encuentra en constante contacto con “novedades” atractivas, las cuales sobresalen de las conocidas; al llegar a casa las rutinas, laborales o de convivencia, pueden comenzar a perder valor, así entonces los sentimientos adheridos a tales personas, lugares o cosas. Si en la condición laboral, económica, sociocultural y de relaciones personales están concurridas desagrados generalizados, es probable que estas continúen sistemáticamente siendo ejercidas hasta desgatar o concluir tales relaciones, por consiguiente, quien padece de este síndrome de viajero eterno, buscará resguardar sus creencias buscando personas semejantes que tiendan a enjuiciar de la misma manera que lo hacen ellos y que también compartan su visión del mundo.

El viajero que nunca encuentra lo que quiere, seguirá buscando y cultivando una visualización ambigua con sus contactos eventuales, lo que produce placer dentro de su búsqueda de liberación psicosocial. Inclusive, con una tendencia a despreciar sus orígenes, a enjuiciarlos hasta destruirlos, aun cuando el individuo ya no haya vuelto a viajar de nuevo.  Si te estás convirtiendo en uno, pon atención, porque tal vez lo que necesites no es viajar buscando distracciones que te alejen de encontrar lo que realmente quieres, viajar hacia dentro de ti mismo no necesita un boleto hasta La Patagonia.

 

“Me di cuenta rápidamente que no hay viajes que nos lleven lejos a menos que se recorra la misma distancia en nuestro mundo interno que en el exterior”. – Lillian Smith

 

@VladimirCuevas