De la calle | Madres que salen en busca de paz

Por Iliana del Rocío

El afiche.mx/Delia, Rosa, y otros familiares de personas desaparecidas -en su mayoría mujeres – cansadas de tocar puertas en las oficinas gubernamentales y no recibir respuestas concretas, han salido a las calles de Culiacán y otras localidades para investigar el destino de los suyos. Recorren ríos de concreto y a veces lodo. Rastrean cada pista que las ha llevado a buscar en callejones, predios baldíos y casas abandonadas. Aún con el  agotamiento y el dolor, siguen adelante cargando con un puñado de esperanzas.

Conocí a Delia hace algunos meses. Ella asegura que su hijo Saúl sigue vivo. Dice que puede sentirlo aunque no sabe explicar cómo,  así que se unió al grupo Voces Unidas por Sinaloa con la ilusión de encontrarlo, pero también para acompañarse de otras personas, sobre todo madres, que han dejado sus trabajos y actividades cotidianas para buscar a sus familiares desaparecidos.

Aunque Delia afirma que Saúl no está muerto, reconoce que se estremeció cuando el grupo desenterró aquel cuerpo. Habían estado escavando toda la mañana en el cerro donde el informante anónimo les aseguró que había cuerpos bajo la tierra. Cuando sacaron los últimos terrones, apenas un metro abajo, y descubrieron con mucho cuidado la osamenta –tal y como les había enseñado el grupo de forenses de la Universidad Nacional que las capacitó– Delia tuvo que pensar  “¿Qué tal sí es él?”, pero recuperó el aliento cuando observó la ropa desgarrada que permanecía aferrada a los huesos: restos de lo que había sido un shorts blanco y una camiseta a rayas. Su hijo llevaría el uniforme de la empresa de seguridad privada donde trabajaba.

A través de veredas polvosas, detrás de empaques de caña y entre sembradíos de maíz, llegamos muy temprano a una construcción abandonada. Se trataba de una casa a medio terminar, compuesta sólo por paredes que habían sido incendiadas y que mostraban impactos de balas. En el interior, sobre el piso de tierra yacía una cobija sucia y roída, tres pantaletas de mujer desgarradas, un pantalón roto y una blusa enrollada. “Aquí se respira muerte”, dijo el sacerdote, mientras señalaba con el dedo una cuerdas clavadas en uno de los muros.

Afuera de la construcción había un par de pozos. El sacerdote anglicano que acompañaba a la Brigada Nacional de Búsqueda de Personas Desaparecidas se quitó la sotana, después de realizar una oración tomó la pala y se unió a los trabajos para sacar la tierra de uno los pozos con la intención de encontrar lo que había en el fondo.

Otros que acompañaban al grupo de rescate Marabunta se preparaba para bajar siete metros hacia el centro del otro pozo que se encontraba abierto y del cual emanaba un olor fétido. Las madres esperaban refugiándose del sol abrumador. Mientras  el voluntario babaja, todos permanecíamos en silencio; algunos orando, otros filmando con sus celulares y cámaras el momento en que el joven se sumergía en la oscuridad amarrado de una cuerda.

En el camino de regreso, una vez que terminamos la jordana, Delia y las madres rían, contaban chistes y se apoyaban unas con otras. Cuando iniciaron con esta labor sólo buscaban a sus hijas, hijos y esposos, pero ahora que están unidas, a decir de ellas mismas, buscan dar paz a muchas familias.

La violencia tiene historia en las calles de la ciudad, pero también lo tiene la construcción de paz. Aunque ciertos grupos que ostentan dominio en Culiacán han hecho de la violencia una herramienta para establecer un orden social acorde a sus intereses, y la reacción ciudadana común ante ese orden es la adaptación –además de la participación en la violencia– también se presentan esfuerzos ciudadanos para contrarrestar el poder del crimen sobre las vidas de las personas.

Muchos de estos esfuerzos no surgen desde grandes movilizaciones o desde propuestas de organizaciones políticas o ciudadanizadas, sino más bien desde decisiones íntimas; desde necesidades personales que nos llevan a levantarnos y a reunirnos con otros. El miedo nos ha alejado de la calle pero la esperanza nos lleva ahí, nos arroja a las plazas, a la Obregón, a los cerros… a protestar, a buscar a quienes se perdieron, a exigir justicia y también a construir la paz.