LOS DÍAS TERRENALES | ¿Ir o no a un taller literario?

Por Mariel Iribe Zenil

Hace 14 años no sabía nada de talleres literarios. Todo lo contrario: vivía en una constante incertidumbre sobre si lo que escribía tenían o no algún valor, o si, sencillamente, debía tirarlas a la basura. Y, probablemente, este sea el caso de muchos jóvenes que tienen inquietud por la escritura.

Pues bien, quizá si tienen curiosidad por escribir se planteen las siguientes preguntas: ¿qué tan importante es asistir a un taller? ¿Qué y cómo se aprende a escribir en uno? ¿Hay alguna diferencia sustancial entre ir o no a un taller en la calidad de lo que escribes?

Desde mi experiencia, en los talleres literarios se aprenden dos cosas fundamentales: a evitar los vicios más comunes en la escritura creativa, y a tomar la crítica de los compañeros como un elemento que ayuda al crecimiento del autor y de los textos, y no como una afrenta personal. Una vez que se aprenden estas dos cosas, los textos empezarán a fluir con mayor fuerza. Sin embargo, el trabajo que se hace en el taller jamás desplazará a la importancia de leer, ya que lectura y escritura siempre irán de la mano.

Por otra parte, creo que los talleres también se pueden volver corrosivos. Es común que se genere cierta dependencia a los comentarios de los compañeros y cierto miedo a trabajar en solitario. Pero una vez llegado el momento hay que dar el siguiente paso con el que se abren nuevas posibilidades.

Para muestra de todo lo anterior, debo mencionar (no se puede hablar de talleres literarios sin hablar de él) el mítico taller que impartió durante años Juan José Arreola en su pequeño departamento de la colonia Cuauhtémoc, al que asistían, según testimonio de José Agustín, hasta cuarenta personas que difícilmente podían acomodarse en su sala. Pues bien, de ahí surgió toda una generación de escritores consagrados en la literatura mexicana, por ejemplo, Vicente Leñero, José de la Colina, José Emilio Pacheco, René Avilés, Elsa Cross, Alejandro Aura, Ignacio Solares y el mismo José Agustín. Ustedes dirán…